El Generalife: La Huerta del Sultán

Granada Por Redacción
Jardines del Generalife con la Alhambra al fondo, Granada

Es verdad que al final de su estancia en al-Ándalus los sultanes tenían bastantes asuntos que resolver y necesitaban un lugar donde alejarse de los problemas diarios. Pero cuando se mandó construir el Generalife allá por el siglo XIII, durante el reinado del segundo sultán nazarí Muhammad II, las cosas iban bastante bien. Lo que nos da una idea clara de para qué lo querían: una finca de recreo, un lugar de esparcimiento y relajación.

El Generalife se construyó como una villa rural con huertos y jardines donde los sultanes y sus séquitos irían a meditar y pasear. Aunque los nazaríes tenían grandes almunias por todo al-Ándalus, esta —por su cercanía a la ciudad palatina— sería la preferida de la mayoría.

El nombre: Casa Real de la Felicidad

Aunque su nombre procede de Yannat al-Arif (la casa del alarife o arquitecto), nos gusta más llamarla como lo hacía el poeta visir al-Yayyab: la Casa Real de la Felicidad. También se usó el más excelso jardín, que da clara muestra de lo que se pretendía y de lo que sin duda se consiguió.

A las afueras de las murallas de la Alhambra, en el Cerro del Sol, lo que vemos hoy como palacios increíbles fue en su tiempo una explotación agrícola y lugar de recreo a la vez. Llegó a tener hasta cuatro explotaciones diferentes que aún se siguen cultivando con métodos tradicionales, gracias a la Acequia del Rey, la misma que dota de agua a la Alhambra.

El Generalife son muchas cosas: patios, palacios, jardines. Pero ante todo es una elegía al agua y su relación con la tierra y los edificios.

Un dato curioso: solo había un pequeño camino que unía el Generalife con la Alhambra, destinado por supuesto al sultán. El acceso principal era por la Cuesta de los Chinos, al final del actual Paseo de los Tristes. Buscaban intimidad: veían sus palacios muy cercanos pero un barranco los aislaba de ellos. Hasta tal punto que Muhammad V, el gran reformador de la Alhambra, se encontraba en el Generalife cuando le avisaron de un complot contra él, lo que le permitió huir y volver más tarde para imponer su ley.

Un reflejo del Albaicín

Como si de un espejo se tratara, el Generalife refleja los cármenes del Albaicín: patios escalonados, muros de contención en la ladera y paredes blancas. Cada rincón sorprende por su recogimiento, consiguiendo un espacio íntimo dentro de un gran jardín.

Indiscutiblemente, su seña de identidad son los dos palacios separados por el Patio de la Acequia, recorrido por un hermosísimo estanque con surtidores. Si tienes la suerte de pasear por este patio un día sin excesiva afluencia, el viaje en el tiempo está garantizado.

Accediendo desde la Alhambra se llega al Patio del Apeadero o de las Caballerizas, con un banco que servía de ayuda en la descabalgadura. Tras atravesar la puerta de la guardia, una empinada escalera conduce al Patio de la Acequia.

El Patio de la Acequia

Es quizás el más bonito y famoso del conjunto. Responde al típico patio andaluz de forma cuadrada y origen persa, aunque en este caso se alargó para aumentar el tamaño y la belleza del estanque. Por este patio pasa la Acequia Real —se ve en un lateral— que lleva el agua a todos los recintos del Generalife, sus huertos y jardines, y también a la Alhambra.

Aquí va una pequeña decepción para muchos, aunque no resta nada de su belleza: los espectaculares surtidores que cruzan sus chorros de agua y que tantas veces han sido la imagen romántica de estos palacios se añadieron en el siglo XIX.

No hay que olvidar que el Generalife se pensó como una villa de relax y descanso con labores agrícolas. Tras este patio se llega a la Sala Regia con sus típicas yeserías y un impresionante techo de madera, pero todo el conjunto estaba pensado como algo modesto. Para palacios suntuosos ya tenían la Alhambra. Aquí buscaban los sultanes intimidad, y por eso su belleza nace de la simplicidad.

La Escalera del Agua y otros secretos

Avanzando se llega al Patio del Ciprés de la Sultana, donde según la leyenda la esposa de Boabdil tenía sus encuentros con un enamorado que, por cierto, era pariente de su marido. Parece ser que antiguamente aquí se encontraba el hammam del palacio, demolido por los nuevos propietarios moriscos para ocultar su pasado islámico.

Y luego está una de las soluciones más ingeniosas del recinto: la Escalera del Agua. Los arquitectos árabes hicieron circular el agua de la Acequia Real por los pasamanos a través de unas tejas, sorteando así la pendiente sin interrumpir el flujo. Una vez más, como en todo el Generalife, se hace de la necesidad virtud.

Por esta escalera se llega a un mirador romántico decimonónico construido sobre un oratorio musulmán, y después al Paso de las Adelfas, donde se puede ver el arrayán morisco, que junto al arrayán común es la planta más característica de la Alhambra.

Podríamos seguir detallando todos los rincones de este palacio, Patrimonio de la Humanidad desde 1984, pero el Generalife —como la Alhambra, como Granada— más que una arquitectura increíble es un sentimiento que no debes dejar de experimentar.


Preguntas frecuentes

¿La entrada al Generalife va incluida con la de la Alhambra?

Sí, la entrada general de la Alhambra incluye el acceso al Generalife. También existe una entrada específica solo para el Generalife y los jardines si solo quieres visitar esta parte.

¿Cuánto se tarda en recorrer el Generalife?

La visita al Generalife lleva entre 45 minutos y una hora. Si te gusta la jardinería o la fotografía, calcula algo más. Los jardines altos y el paseo de los cipreses invitan a detenerse.

¿Qué diferencia al Generalife de la Alhambra?

La Alhambra es una ciudad palatina fortificada; el Generalife es una villa de recreo con huertos. La Alhambra deslumbra por su monumentalidad; el Generalife seduce por su intimidad y sus jardines.

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