El Paseo de los Tristes: Una de las calles más bonitas del mundo

Granada Por Redacción
Vista del barrio del Albaic�n desde el Paseo de los Tristes, Granada

La Calle Más Alegre de Granada Tiene el Nombre Más Melancólico

Pasear por Granada siempre es mágico. Pero en esta increíble ciudad que a todos enamora, hay sitios que deslumbran todavía un poco más de lo normal. Uno de esos lugares, probablemente el que más, es el Paseo de los Tristes.

Su nombre oficial es Paseo del Padre Manjón —que ya te aviso, nadie en Granada lo llama así—, pero todo el mundo lo conoce como el Paseo de los Tristes. Y tiene su historia.

¿Por qué se llama así?

Hay que remontarse un poco, pero la explicación es más sencilla de lo que parece. El Paseo de los Tristes era el camino por el que transitaban los cortejos fúnebres desde la ciudad hasta el cementerio de San José, al otro lado del Darro, en la colina de la Sabika donde se asienta la Alhambra. Era, literalmente, un paseo triste.

Pero no te dejes engañar por el nombre. Si hay un rincón en Granada que destila alegría de vivir, es este. Porque hoy el Paseo de los Tristes es el epicentro del tapeo, de las noches de verano con guitarras improvisadas al fresco, de las parejas que pasean de la mano sin prisas mirando el monumento más bello de Europa iluminado.

La paradoja es perfecta: la calle más alegre de Granada tiene el nombre más melancólico.

Un balcón a la Alhambra

El Paseo de los Tristes discurre a orillas del río Darro, entre dos puentes históricos —el Puente de las Chirimías y el Puente del Aljibillo—, justo al pie de la colina de la Sabika. Desde cualquiera de sus bancos de piedra, la mirada se te irá irremediablemente hacia arriba. Y allí está ella: la Alhambra, recortada contra el cielo, con la Torre de la Vela vigilando el horizonte y Sierra Nevada nevada detrás, si la visitas en invierno.

Es una de las postales más fotografiadas de Europa, y con razón. No hay filtro de Instagram que pueda hacerle justicia a lo que ves desde este paseo. La luz de Granada, esa luz que dicen que es distinta a la de cualquier otro sitio, se vuelve aquí casi tangible: dorada al atardecer, plateada bajo la luna, rojiza cuando el sol se esconde detrás del Generalife.

Si te interesa conocer mejor el monumento que vigila este paseo, no te pierdas nuestro artículo sobre La Alhambra, el Castillo Rojo donde contamos toda su historia. Y si quieres completar la visita con los jardines, el Generalife está a un paseo.

Lo que ves al caminar

El Paseo de los Tristes no es muy largo —apenas cuatrocientos metros—, pero está cargado de detalles que merecen atención. Al empezar a caminar desde la Plaza Nueva hacia el Albaicín, lo primero que encuentras es el Puente de las Chirimías, del siglo XVII, llamado así porque desde él se tocaban este instrumento durante las celebraciones religiosas.

A mano izquierda, subiendo hacia el Albaicín, se abren las callejuelas más auténticas de Granada: la cuesta del Chapiz, el camino hacia el Sacromonte. Si sigues de frente, el paseo se ensancha y aparecen las terrazas de los bares. Aquí la vida transcurre a otro ritmo.

A la derecha, el río Darro, que baja desde Sierra Nevada atravesando la ciudad, murmura entre las piedras. En primavera, con el deshielo, el sonido del agua lo envuelve todo. Es un rumor constante que te acompaña durante todo el recorrido y que, en noches de verano, se mezcla con las conversaciones y las risas que salen de las tascas.

Al final del paseo, el Puente del Aljibillo te lleva directo al barrio de la Churra, ya en pleno Albaicín bajo. Desde aquí puedes subir hacia el Mirador de San Nicolás —el mirador más famoso de Granada— o perderte por el embriagador laberinto de calles blancas del viejo barrio árabe.

El rincón del flamenco y la literatura

El Paseo de los Tristes ha sido, desde siempre, un imán para artistas y bohemios. El compositor ruso Mijaíl Glinka, que vivió una temporada en Granada en el siglo XIX, solía sentarse aquí a escuchar el agua del Darro. De aquellas tardes nacería su famosa pieza Recuerdos de Castilla, inspirada en una jota que escuchó a un gitano granadino.

Y ya en el siglo XX, los cafés y bares del paseo fueron refugio de la intelectualidad granadina. El más célebre de todos es el Restaurante Las Tomasas, instalado en lo que fue el Carmen de los Chapiteles, un antiguo palacete nazarí. Su terraza, encaramada sobre el camino del Sacromonte, tiene las mejores vistas de toda la zona. Eso sí, los precios están a la altura de la panorámica.

Más asequible y también con encanto es La Ninfa, cuyas mesas prácticamente tocan la orilla del Darro. Perfecto para una cerveza al atardecer mientras la Alhambra empieza a encenderse.

Más allá del paseo

Si quieres seguir explorando el Albaicín, las opciones son infinitas. Pero una que no falla es cruzar el Puente del Aljibillo y subir despacio, casi sin rumbo, por la Cuesta del Chapiz. A mitad de camino está el Palacio de los Córdova, un edificio renacentista que hoy alberga el Archivo Municipal, con unos jardines que son una delicia.

Mucho antes de todo esto, si te vas a planificar tu escapada de arriba a abajo, no te pierdas nuestra guía completa de Granada donde tienes todos los monumentos, los barrios, los mejores restaurantes y los datos prácticos para una visita redonda.

Preguntas frecuentes

¿Cómo se llega al Paseo de los Tristes?

Lo más fácil es ir andando desde Plaza Nueva, siguiendo la Carrera del Darro. Son apenas diez minutos de paseo. Es una caminata llana y agradable que ya de por sí merece la pena, porque la Carrera del Darro es otra de esas calles que te roban el corazón. También puedes llegar en el minibús C1 desde el centro.

¿Cuál es el mejor momento para visitarlo?

El atardecer, sin ninguna duda. Cuando el sol empieza a caer, la Alhambra se tiñe de rojo y dorado, y conforme oscurece se va encendiendo piedra a piedra. Es uno de esos espectáculos gratuitos que recuerdas toda la vida. En verano, a partir de las nueve de la noche, las terrazas están en su mejor momento.

¿Se puede visitar con niños?

Perfectamente. El paseo es llano, está bien iluminado y no hay tráfico. A los niños les encanta porque hay espacio para correr, se oye el río y siempre hay algo que mirar. Las terrazas de los bares son familiares y muchas tienen espacio amplio.