El Puente de Triana: La unión de las dos Sevillas
Cuatro Minutos a Pie que Separan Dos Mundos
No se puede unir lo que no está separado. Pero sí unir lo diferente. El puente de Triana lo consigue, porque si todo es Sevilla, hay algo diferente desde la Maestranza a Triana, con el Guadalquivir de fondo y que el puente de Triana une.
Hay dos Sevillas, la señorial y caballera, la de la Maestranza y los paseos por el Alcázar, y otra más terrenal y carnal, la de Triana y sus calles. Y el encargado de unirlas es este puente de hierro que, desde 1852, desafía las crecidas del río con la misma elegancia con la que un trianero le echa un piropo a una maceta.
El puente que cambió Sevilla
Hasta mediados del siglo XIX, cruzar el Guadalquivir entre Sevilla y Triana se hacía con un puente de barcas, el famoso Puente de Barcas, que era poco más que una hilera de tablones sobre barcazas amarradas. Cuando el río venía crecido —y el Guadalquivir siempre ha sido caprichoso—, el puente se desmontaba y Triana quedaba aislada.
Era una situación insostenible, y los sevillanos llevaban décadas pidiendo un puente de verdad. En 1844 se convocó un concurso público y lo ganaron dos ingenieros franceses, Gustavo Steinacher y Fernando Bernadet. Ellos diseñaron el que sería uno de los primeros puentes metálicos de España y, durante muchos años, el único capaz de salvar el Guadalquivir sin que el río se lo tragara.
Las obras empezaron en 1845 y duraron siete años. El 23 de febrero de 1852, la reina Isabel II inauguró el puente que llevaría su nombre. Dicen que la jornada fue de tal jolgorio que Triana se quedó sin vino.
Una joya de la ingeniería del XIX
El Puente de Triana, que oficialmente se llama Puente de Isabel II, tiene ciento cuarenta y nueve metros de largo y se apoya en tres arcos de hierro forjado que se fabricaron en los talleres de los herederos de Elorza, en Sevilla. Cada arco pesa más de doscientas toneladas y están ensamblados con roblones, como los cascos de los grandes barcos de la época.
El diseño se inspira en el desaparecido puente del Carrousel de París, y no es casualidad. La Sevilla del XIX miraba mucho a Francia. Las barandillas de hierro, los faroles de gas —hoy eléctricos— y los bancos de forja que adornan el puente le dan un aire parisino que no ha perdido con los años.
En 1976 se declaró Monumento Histórico Nacional, y en 1977 se peatonalizó en parte. Hoy, el Puente de Triana es eso tan difícil de conseguir: una obra de ingeniería convertida en icono sentimental.
Cruzar el puente: dos mundos en cuatro minutos
El paseo a pie por encima del puente dura apenas cuatro minutos. Pero esos cuatro minutos te llevan de un universo a otro.
De un lado, la orilla de la Maestranza: el barrio del Arenal, la Torre del Oro reflejada en el río, la plaza de toros más antigua de España y las calles por las que paseaba la aristocracia sevillana. Del otro, Triana.
A mitad del puente, si te paras, verás el Guadalquivir abrirse a ambos lados. Hacia el sur, el puente de San Telmo y, más allá, el de Los Remedios. Hacia el norte, cortado por la dársena, la dársena del río y el casco histórico. Y justo debajo, sobre el pretil del lado de Triana, hay un mirador que los sevillanos llaman “el balcón de Triana” porque desde ahí se ve la mejor panorámica de Sevilla.
Triana: un barrio con personalidad propia
Una vez que cruzas el puente, te recibe la Plaza del Altozano. Y ahí empieza el viaje de verdad. A la derecha, la calle Betis —o calle Pureza, como la llaman los trianeros de toda la vida—, con sus casas de colores alineadas junto al río. A la izquierda, el Mercado de Triana, construido sobre los restos del Castillo de San Jorge, que fue sede de la Inquisición.
El mercado merece una visita aunque no vayas a comprar nada. Los puestos de pescado son un espectáculo, los de fruta huelen a verano y los bares dentro del mercado —pequeños, ruidosos y auténticos— ponen tapas que son pura gloria. Cualquiera de ellos es bueno. Pide una manzanilla, unas gambas cocidas y mira a tu alrededor: ese bullicio es Triana.
Más allá del mercado, la calle San Jacinto te mete de lleno en el barrio de los alfareros y los toreros, de las casas de vecinos con sus patios llenos de macetas, de las iglesias de Santa Ana y la O, del flamenco más jondo. Si quieres más, siempre puedes volver a cruzar el puente y explorar la otra orilla con nuestra guía completa de Sevilla.
Leyendas del puente
Como todo lo que tiene solera en Sevilla, el Puente de Triana acumula sus propias leyendas. La más conocida dice que el puente nunca tuvo que haberse llamado Isabel II, sino Puente de la Cava, en honor a aquella trágica leyenda medieval de la Cava Florinda que tantas historias y romances inspiró.
Otra dice que, durante la Guerra Civil, el puente se salvó de ser volado gracias a la intervención del general Queipo de Llano, que era muy querido en Triana. La verdad es que el puente sobrevivió a todas las guerras, a todas las riadas y a todos los intentos de modernizarlo.
La más bonita, sin embargo, es la que cuentan los trianeros más viejos: quien cruza el puente de Triana andando al atardecer, con la luz de Sevilla cayendo sobre el río, vuelve a Sevilla antes de lo que piensa. No sé si será verdad, pero miles de turistas lo cruzan cada día, y muchos, efectivamente, repiten.
Preguntas frecuentes
¿Está abierto al tráfico el Puente de Triana?
Sí. Aunque tiene amplias aceras peatonales, sigue siendo un puente con tráfico rodado en ambos sentidos. La mejor forma de disfrutarlo es cruzarlo a pie, pero hay que tener cuidado con los coches, sobre todo en las horas punta.
¿Cuál es la diferencia entre el Puente de Triana y el de Isabel II?
Ninguna. Es el mismo puente. Isabel II es su nombre oficial desde la inauguración en 1852, pero en Sevilla nadie lo llama así. Siempre ha sido y será el Puente de Triana.
¿Se puede navegar por debajo del puente?
Sí. Los cruceros turísticos por el Guadalquivir pasan bajo el puente y ofrecen una perspectiva distinta, con Triana a un lado y el casco histórico al otro. Es un paseo muy recomendable, sobre todo al atardecer.